En un tiempo pasado, los amantes expresaron sus sentimientos más profundos a través de cartas cuidadosamente elaboradas, tomando horas o incluso días para articular sus emociones en el pergamino a la luz de las velas. Este proceso implicó una consideración reflexiva de cada palabra, que culminó en un sobre elegantemente sellado, completo con cera y un anillo de sello, asegurando que sus sentimientos, una vez compartidos, fueran permanentes. La comunicación fue íntima y reflexiva, hecha de amor y paciencia, que encarnó la esencia de su conexión.
En marcado contraste, Sarah vive en una era dominada por la comunicación rápida, donde la velocidad eclipsa la profundidad de la expresión. La inmediatez de enviar un mensaje se prioriza sobre la calidad de las palabras mismas. Este cambio refleja cambios sociales más amplios, donde la belleza de la correspondencia escrita a mano ha sido reemplazada por interacciones rápidas y desechables, lo que lleva a una pérdida de la profunda intimidad una vez asociada con las cartas de amor.