Es mucho más sencillo ser un perro, y el amor de un perro, una vez dado, no se reconsidera; simplemente es, como la luz del sol o las montañas. Corresponde a los seres humanos ver las sombras detrás de la luz y la luz detrás de las sombras. Quizás por eso los perros tienen personas y las personas tienen perros.
(It is a much more straightforward thing to be a dog, and a dog's love, once given, is not reconsidered; it just is, like sunlight or mountains. It is for human beings to see the shadows behind the light, and the light behind the shadows. It is, perhaps, why dogs have people, and people have dogs.)
En "Deerskin" de Robin McKinley, el autor contrasta la naturaleza del amor entre perros y humanos. El amor de un perro es simple e inquebrantable, muy parecido a las constantes de la naturaleza, como la luz del sol y las montañas. Esto refleja la pureza y franqueza del afecto de un perro, que sigue siendo verdadero e incondicional sin dudas ni reconsideraciones.
Por otro lado, las emociones humanas son más complejas y están llenas de capas de comprensión e introspección. Los humanos tienden a analizar sus sentimientos, viendo tanto las luces como las sombras en las relaciones. Esta complejidad explica el vínculo entre perros y personas; Los perros ofrecen un amor claro y sin complicaciones, mientras que los humanos navegan por un paisaje emocional más complejo.