Cuando eran jóvenes, mi madre les enseñó a sus hijos que, si bien no somos las personas más inteligentes, podemos ser corteses, educados y considerados con los demás.
(As youngsters, my mother taught her children that while we might not be the smartest people around, we could be courteous, polite and considerate of others.)
Esta cita destaca el valor atemporal de los buenos modales y la consideración por encima de la capacidad intelectual pura. Nos recuerda que cualidades como la cortesía, la cortesía y la consideración pueden afectar significativamente nuestras relaciones e interacciones sociales. A menudo, la sociedad tiende a poner un gran énfasis en la inteligencia o los logros, pero lo que realmente sostiene y enriquece nuestras vidas son los actos cotidianos de bondad y respeto que mostramos hacia los demás. Estos rasgos fomentan la confianza, la comprensión y el sentido de comunidad, que son fundamentales para relaciones saludables. El mensaje subraya la importancia de la humildad y el reconocimiento de que virtudes como la cortesía están al alcance de todos, independientemente de su capacidad intelectual. Cultivar la bondad y los buenos modales puede ser más fortalecedor que perseguir únicamente el éxito académico o intelectual porque construye puentes entre las personas, crea armonía y promueve un ambiente más compasivo. En un mundo frecuentemente impulsado por la competencia y el éxito individual, esta perspectiva aboga por un enfoque más humano basado en la empatía y el respeto. También sirve como un valioso recordatorio de que la esencia del buen carácter no se mide por el intelecto sino por la forma en que tratamos a los demás y la influencia positiva que tenemos en nuestra comunidad. Vivir con cortesía y amabilidad no requiere una inteligencia extraordinaria, pero puede cambiar vidas profundamente y dar forma a una sociedad mejor.