Después de Dios, estamos en deuda con las mujeres, primero por la vida misma y luego por hacer que valga la pena vivirla.
(Next to God we are indebted to women first for life itself and then for making it worth living.)
Las mujeres siempre han desempeñado un papel esencial en la existencia humana, no sólo como portadoras de vida sino también como cuidadoras, cuidadoras y arquitectas de nuestras sociedades. Esta cita subraya la profunda gratitud que se debe a las mujeres y destaca cómo sus contribuciones son fundamentales para la estructura misma de nuestra existencia. Desde el momento del nacimiento, las mujeres han sido las principales proveedoras de vida, criando a los bebés y guiándolos durante sus primeras etapas de desarrollo. Su influencia se extiende más allá de la mera supervivencia; moldean el carácter, inculcan valores y fomentan el crecimiento, haciendo así que la vida no sólo sea posible sino también significativa. Reconocer el papel de las mujeres en la sociedad nos recuerda la importancia de respetarlas, honrarlas y apoyarlas por estas contribuciones vitales. En un sentido más profundo, nos desafía a reflexionar sobre las formas en que podríamos haber marginado o subestimado su importancia a lo largo de la historia. La declaración también invita a admirar la fuerza, la resiliencia y la gracia que exhiben las mujeres para sostener la vida y enriquecerla, a menudo frente a la adversidad. Plantea un reconocimiento de que sin las mujeres, nuestra existencia carecería de la profundidad, la belleza y el propósito que hacen que la vida realmente valga la pena. Esta perspectiva fomenta el aprecio y el respeto, enfatizando que nuestra gratitud debe extenderse más allá de las palabras y llegar a acciones tangibles que apoyen la igualdad de género y empoderen a las mujeres en todas las esferas de la vida. Reconocer la profunda deuda que tenemos con las mujeres nos alienta a reconocer su papel indispensable y a garantizar que sus contribuciones sean reconocidas y valoradas universalmente.