Dios no creó monstruos. Los monstruos se crearon a sí mismos.
(God didn't create monsters. Monsters created themselves.)
Esta cita que invita a la reflexión nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de los monstruos y los orígenes del mal. Sugiere que los monstruos no son creados divinamente sino que son el resultado de acciones, elecciones y circunstancias humanas. Dentro del contexto de la historia y la psicología humanas, a menudo observamos actos de violencia, crueldad y odio y nos preguntamos sobre sus raíces. La cita desafía la noción de maldad inherente y propone, en cambio, que esa oscuridad surge de nuestro interior, tal vez nacida del miedo, el trauma, la negligencia social o el fracaso moral. Nos recuerda que lo que la sociedad etiqueta como "monstruos" son a menudo individuos que han sido moldeados por su entorno o experiencias pasadas. La idea subraya la responsabilidad personal y destaca que los comportamientos destructivos no surgen en el vacío. Más bien, evolucionan a través de una compleja interacción de influencias y decisiones. Al reconocer esto, podemos cambiar nuestro enfoque de la estigmatización a la comprensión y del castigo a la prevención. También sirve como un llamado moral a fomentar la compasión, abordar las causas fundamentales de los problemas sociales y cultivar la conciencia de cómo nuestras acciones contribuyen a la creación de la oscuridad. Reconocer que los monstruos son creados por ellos mismos enfatiza la importancia de la empatía y el potencial de cambio dentro de cada individuo. Plantea la noción de que tal vez los verdaderos monstruos no nacen, sino que se hacen, y que a través del esfuerzo consciente, los humanos tienen el poder de prevenir o extinguir su propia oscuridad. Esta perspectiva enriquece la narrativa sobre la moralidad, la humanidad y la capacidad de redención, y resuena profundamente al confrontar la compleja naturaleza del mal en nuestro mundo.