A todo hombre corresponde recordar que el trabajo del crítico es de importancia totalmente secundaria y que, al final, el progreso lo logra el hombre que hace las cosas.
(It behooves every man to remember that the work of the critic is of altogether secondary importance, and that, in the end, progress is accomplished by the man who does things.)
Esta cita cambia de manera convincente nuestro enfoque de la mera crítica a la contribución activa. Theodore Roosevelt enfatiza elegantemente la importancia de la acción sobre la crítica. En muchas facetas de la vida y el trabajo, es mucho más fácil sentarse y juzgar los esfuerzos de los demás que dedicar la energía necesaria para realizar el cambio. Esta cita desafía esa tendencia al afirmar que el verdadero progreso no lo logran quienes simplemente analizan o señalan fallas, sino quienes se ensucian las manos y se involucran directamente con los desafíos.
Hay aquí un llamado implícito a la responsabilidad: que la etapa de crítica venga después de la etapa de hacer, no antes o en lugar de ella. En un mundo cada vez más plagado de negativas y escepticismo, las palabras de Roosevelt sirven como un recordatorio para valorar y alentar a quienes toman la iniciativa y construyen en lugar de simplemente derribar ideas. La idea también inspira humildad entre los críticos, sugiriendo que conocer el valor o los peligros de un esfuerzo no equivale a crear o traspasar límites.
El comentario eleva a los constructores, creadores y hacedores como agentes primarios de cambio, al tiempo que posiciona a los críticos como influenciadores secundarios que tal vez deberían dirigir su perspectiva para apoyar el progreso constructivo en lugar de obstruirlo. Es un llamado a la acción que se aplica universalmente en todos los campos, ya sea la innovación, la reforma social o las artes, honrando los esfuerzos prácticos como los verdaderos motores del avance. En esencia, este mensaje elogia el coraje y el esfuerzo, y nos recuerda a todos que debemos ser hacedores en lugar de observadores ociosos.