En la tierra no tenemos nada que ver con el éxito o los resultados sino sólo con ser fieles a Dios y para Dios. Sin embargo, la derrota en hacer el bien es una victoria.
(On earth we have nothing to do with success or results but only with being true to God and for God. Defeat in doing right is nevertheless victory.)
Esta cita enfatiza el valor intrínseco de la integridad y la fe sobre el éxito mundano. En una sociedad a menudo obsesionada con resultados tangibles y logros externos, la verdadera medida del valor de una persona reside en su fidelidad a los principios divinos y la rectitud moral. La noción de que nuestra principal preocupación debería ser la devoción y la obediencia a Dios en lugar de los resultados ofrece una perspectiva profunda sobre el propósito de la vida. Sugiere que la realización genuina proviene de esfuerzos honestos por hacer lo correcto, independientemente de las consecuencias inmediatas o del reconocimiento externo. Esta visión puede brindar consuelo y coraje en tiempos de fracaso, reafirmando que incluso los contratiempos en hacer el bien sirven a un propósito más elevado: cada acto de rectitud es una victoria por derecho propio, que contribuye al crecimiento espiritual y al alineamiento con la voluntad divina. Una perspectiva así fomenta la humildad, la paciencia y la resiliencia, ya que el verdadero éxito no son los elogios fugaces sino la firmeza en la fe y la integridad. Desafía a las personas a redefinir el éxito más allá de las ganancias materiales y la validación social, centrándose en cambio en el valor eterno de vivir sinceramente para propósitos divinos. En última instancia, esta perspectiva fomenta un sentido de propósito arraigado en la devoción espiritual, recordándonos que las victorias sobre tentaciones menores y los fracasos se acumulan como verdaderos logros en la economía divina.